El Concilio Vaticano II nos recuerda que: “María, asunta a los cielos, no ha dejado su misión salvadora, sino que, con su intercesión maternal, continúa alcanzándonos los dones de la salvación eterna. Con su amor cuida de los hermanos de su Hijo que aún peregrinan y enfrentan dificultades, hasta que lleguen a la patria bienaventurada. Por eso la invocamos como Abogada, Auxiliadora, Socorro y Mediadora, sin que ello reste nada a Cristo, único y verdadero Mediador.” (Lumen Gentium, 62)